Integración económica entre Mercosur y Alianza del Pacífico


Desde Chile surgen propuestas de convergencia entre los bloques de América Latina para fortalecer la integración de la región y mejorar su posición competitiva.

Por Heraldo Muñoz

Los países latinoamericanos no podemos eludir el hecho de que en el mundo actual negocian las regiones. La economía mundial se está construyendo sobre la base de macrorregiones. El estancamiento de las negociaciones de la Ronda de Doha ha empujado a nuevas negociaciones comerciales, de carácter transregional, como antes lo fueron el Nafta, la Asean y la propia Unión Europea. Hoy se destacan las negociaciones para el Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión entre EE. UU. y la UE, el acuerdo de libre comercio de la UE y Japón, el Acuerdo de Asociación Trans-Pacífico (TPP) y la iniciativa china de convertir a la Apec en la más poderosa alianza comercial del Asia-Pacífico.

Resulta urgente, entonces, fortalecer la integración de América Latina para alcanzar un mejor posicionamiento en el mundo. Por ello, Chile ha planteado encontrar caminos de convergencia entre la Alianza del Pacífico (AP) y el Mercosur. No se trata de una fusión entre los dos esquemas; ello no sería realista, dadas las diferencias arancelarias y regulatorias. Ni se trata de disminuir nuestro firme compromiso con la Alianza. A nuestro entender, las diferencias de política económica y de inserción internacional no constituyen un obstáculo para acuerdos puntuales de beneficio mutuo. Solo la ideologización puede conducir a rechazar esta convergencia en la diversidad.

La fuerza económica y política de los países del Mercosur, especialmente de Argentina y Brasil, es indiscutible. Su presencia en el PIB de América Latina y el Caribe supera el 56 por ciento; y, en conjunto, el AP y Mercosur representan el 92 por ciento de todo lo producido en la región.

Para cada uno de los países de la AP, el Mercosur es el mercado más importante en el comercio total con América Latina, excepto en el caso de Colombia. En efecto, representa el 50 por ciento del intercambio total de Chile con la región, y el 38 por ciento tanto para México como para Perú. Sin embargo, es preocupante que el comercio intrarregional de la región apenas alcance el 18 por ciento del total. Nuestra condición bioceánica es una ventaja que nos conecta estratégicamente con los principales centros de producción y consumo mundiales.

Construir puentes entre el Mercosur y la AP mejorará nuestra posición competitiva, ayudará a un mayor crecimiento y nos permitirá construir cadenas de valor regionales. Esta es condición fundamental para diversificar nuestra matriz productiva-exportadora de recursos naturales en favor de la industria y servicios con mayor valor agregado.

El esfuerzo que Chile viene realizando en favor del entendimiento regional no solo se fundamenta en la misma convicción que tuvieron los fundadores de nuestra independencia. Además, se sustenta en la cruda realidad internacional que nos empuja a una agenda pragmática para mejorar nuestro posicionamiento en el mundo.

Después de importantes reuniones de cancilleres y ministros de comercio de la AP y el Mercosur en Colombia y Chile, hemos definido una “agenda corta”, que incluye objetivos concretos, como la facilitación de comercio, ventanilla única para las exportaciones, acumulación de origen, certificación electrónica y movimiento de personas.

Más allá de diferencias en el plano comercial, a todos nuestros países les interesa mejorar su productividad. Se requiere generar energía a menores costos, contar con mejor infraestructura, comunicaciones fluidas y puertos modernos y superar la condición de exportadores de recursos naturales.

El encuentro inteligente entre los países del Mercosur y la AP apunta a derrumbar el muro invisible que separa a los países del Atlántico y el Pacífico. No es un esfuerzo inútil, como propagan algunos. El diálogo y la convergencia intrarregional no son una opción, sino una necesidad.

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